UN PASADO QUE ENRIQUECE

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No creo tener mayor privilegio que escribirles sobre una mujer excepcional, un ejemplo próximo y real del que todos podemos salir adelante si nos lo proponemos, si reunimos las fuerzas suficientes para trabajar, para afrontar la vida con optimismo, para vivirla con amor y disfrutarla con alegría.

Su sonrisa -todos los que la conocen coinciden en ello-, nunca se ha borrado de su rostro; aún en los momentos más difíciles resulta sorprendente cómo una sonrisa tan dulce puede esconder el más fuerte de los espíritus. Todos los que la vieron

crecer alrededor de aquel caserío, donde hoy sólo quedan viejos árboles testigos de su precaria infancia, no pensaron que aquella niña risueña y presta a todo tipo de labores, algún día dejaría la pobreza que la acompañó desde su nacimiento.

Sus caricias, aquellas que prodiga con todo su amor, son tan suaves como aún, después de tantos años de trabajo, lo son sus manos; manos trabajadoras con las que construyó todo de lo que hoy goza.  Para unos es muy difícil creer que aquella jovencita, que por la década de los años setenta luchaba -al igual que otros invasores- contra los policías municipales por mantener un terreno en un asentamiento humano, hoy viva cómodamente en una casa de urbanización.

“A veces Dios nos quita del camino a unas personas y nos pone a otras que podrán ayudarnos a completar el plan que Él tiene para nosotros”

Anita tuvo que madurar muy joven, tuvo que ser padre y madre para sus hermanos menores cuando apenas tenía 17 años; y a pesar de su juventud, no vaciló en quedarse al frente de su hogar.  Desde el día en que su madre los abandonó, tuvo que trabajar lo que su madre no trabajó por ellos… Al final de cuentas, trabajar nunca fue un problema para ella.

Al principio no fue fácil; ella debió repartir su tiempo entre el trabajo y sus hermanos. Sin embargo, encontró personas que le tendieron la mano, aún sin conocerla.  Como ella dice: “A veces Dios nos quita del camino a unas personas y nos pone a otras que podrán ayudarnos a completar el plan que Él tiene para nosotros”. Así, sus trabajos fueron varios; de todos ellos aprendió un poco de lo que hoy sabe y el nivel de confianza que sus empleadores depositaban en ella fue grandioso.

Anita es una persona que inspira confianza, y goza siendo honesta y justa: esos son los calificativos que más la caracterizan y es lo que su mirada trasmite.

El trabajo y las necesidades fueron fuertes pero el amor y la unión familiar entre ella y sus hermanos lo fue más.  Sus carencias sólo sirvieron para hacerse la promesa de que algún día las dejaría de lado, no era lo esencial en su vida pero sí era una meta trazada.  Anita siguió trabajando; años después, al igual que algunos de sus hermanos, se casó y formó una familia con la que -y por la que- siguió trabajando con igual o mayor esmero.

A medida que iban transcurriendo sus años, el trabajo, el amor a Dios, a su familia, a la vida y esas ganas de salir adelante, que nunca la abandonaron, fueron atenuando la sombra de pobreza que la acompañaba, hoy esa sombra es luz, una luz que deja entrever la satisfacción de haber conseguido lo que un día se propuso, todas aquellas necesidades por las que atravesó sólo sirvieron para fortalecerla, para hacer de ella una mujer tenaz y luchadora.

A través de estas cortas y resumidas líneas, no pretendo darles la fórmula mágica de cómo Anita dejó de ser pobre, no pretendo contarles qué hace o qué negocios tiene.  Lo que pretendo es mostrar que la pobreza no es una historia circular en la que la idea principal es “si naces pobre entonces mueres pobre”, que el trabajo y el amor son los principales ingredientes en la fórmula del éxito, que éste no se consigue de la noche a la mañana…

Como dijo Ralph Waldo Emerson: “La pobreza consiste en sentirse pobre”.  Anita era pobre en lo material pero tenía grandes razones que la impulsaron a seguir adelante: tenía fe, tenía esperanza y tenía amor.

Autora: CARMEN LIZBETH OLIVOS TINEDO.

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¡HEMOS VENIDO A SER FELICES!

Son las primeras horas de la mañana de un día cualquiera y los primeros rayos de sol se filtran por la ventana del cuarto de Julio Martín. La alarma de su celular, que ha sido programada para las 6 a.m., empieza a sonar. Julio salta y, desde su cama, refunfuña: “Pucha, un día más. A levantarse para ir a chambear”.

Se sienta en la orilla de su cama y procura que el primer pie que toque el suelo no sea el izquierdo porque si no fuera así tendría un mal día. Se para en el baño, se mira al espejo y ve su rostro desencajado, aburrido, monótono. Recuerda sus años mozos donde no tenía responsabilidades y sus padres socorrían con sus gastos. Ahora ya está solo en esta gran carrera llamada “vida” y reniega de su suerte. El sueldo no le alcanza y no tiene los estudios necesarios para dedicarse a hacer otra cosa más rentable. Con los ánimos que tiene Julio Martín desde que se levanta, usted, querido lector, ¿cree que va a tener un buen día?, ¿cree que él es feliz?

Cuántos de nosotros nos levantamos así, renegando del nuevo amanecer sin ponernos a pensar en que si ocurre así es porque en esta vida tenemos un propósito que cumplir. Para aquellos que no saben cuál es ese propósito fundamental, se los comento: ¡A este mundo hemos venido a ser felices!

Si tenemos en cuenta este principio, ¿cuál creen que debe ser nuestra actitud al levantarnos?: ¿renegar?, ¿increparle al universo por qué hemos amanecido un día más sin suerte? No. El primer pensamiento que debe cruzar nuestras mentes al levantarnos debe ser de agradecimiento por estar vivos, y por tener un día más de vida. ¿Cuántas personas no amanecen vivas?, ¿se han puesto a pensar? Nosotros tenemos la bendición de tener vida, y en abundancia.

En ese sentido es importante ser agradecidos. Cuando una persona tiene esa cualidad crea una aura positiva a su alrededor y todo le va bien. Es básico. Hay personas que no viven en la bonanza económica, pero sin embargo son agradecidos con la vida por todo lo que les ha dado y tienen paz en su espíritu. Cuántos ricos darían todo por tener la paz que los agradecidos poseen.

La actitud positiva que se crea con el agradecimiento atrae todo lo positivo del mundo. Se ha puesto muy de moda un dicho que, a la sazón, dice así: “Lo semejante atrae a lo semejante”; y ha sido recogido por muchos intelectuales, y hasta se han escrito muchos libros sobre ello. ¿Lo practicamos? Sería muy bueno comenzar a hacerlo. Además, es tan reconfortante decir: “Gracias”.

Hay personas que alguna vez lo tuvieron todo, pero que desgraciadamente por esas cosas que tiene el destino hoy en día no tienen nada, y se dejan sumir en la depresión. Algunos pensarán que no es para menos, cuando eso sucede uno se siente perdido. A aquellas personas les digo que a pesar de que las cosas no vayan bien, nunca pierdan la actitud positiva, el pensamiento positivo; que esto sea nuestra fortaleza para seguir viviendo. Facundo Cabral, el gran cantautor argentino, nos regala este pensamiento: “Siempre, con lo que tengas, se puede, se debe empezar de nuevo. Tenemos el deber de ser felices”.

Si eres de las personas como nuestro amigo Julio Martín, te recomiendo que dejes de lado esa actitud porque no te llevará a ningún buen puerto. Piensa que las mejores cosas de la vida han sido hechas para ti, para que seas feliz. Todo tiene una razón de ser, y ello nos lleva a la felicidad. Como a veces digo: “La felicidad es un estado de la mente y una convicción del corazón”. Busca ser feliz, ama ser feliz, y la felicidad tocará tu puerta.

Autor: MANUEL ORLANDO MIRANDA NOBLECILLA

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EL DON DEL PERDÓN

Se dice que las mujeres somos más rencorosas, sin embargo, este sentir no respeta sexo, ni condición de tipo alguno. Como seres humanos lo hemos experimentado alguna vez.

El rencor y el resentimiento son manifestaciones que nos impiden caminar una ruta de productividad que nos lleve al éxito como seres humanos, tanto en el aspecto familiar como profesional.

Es importante manejar el concepto de Derecho al Bienestar para que hombres o mujeres alcancemos la realización en cada etapa productiva en la que nos encontramos. Es importante aprender a minimizar la carga emocional que llevamos, aprender a perdonar es la herramienta que utilizaremos para aliviar ese peso e iniciar una etapa de éxito personal.

Probablemente en más de una oportunidad te has sentido lleno de resentimientos y reiterando: “¡No puedo perdonar esto!”. Y con el paso de los días te das cuenta que ese peso no te deja caminar en paz y libre como debieras hacerlo.

El guardar en nuestro interior resentimientos nos convierte en depósitos de “basura emocional” y, así, cuando estamos rodeados de gente a la que amamos y con las que nos permitimos ser tal cual y abrir ese depósito, lo único que emanamos es rencor, resentimiento, ira, frustración, rabia, es decir, todo aquello que nos lastimó, y lo guardamos haciéndolo parte de nuestro día a día.

Cuando alguien nos agrede de cualquier manera, sea física, verbal o emocional, nos produce heridas que con el transcurso del tiempo parecieran haber cicatrizado, sin embargo, si no lo procesamos y le damos el lugar que se merece las tendremos en nuestro interior conviviendo con nosotros, adueñándose de cada oportunidad de ser mejores personas y privándonos del placer de vivir en paz y en armonía con nuestro interior.

El poder de expresar nuestras emociones ayudará a que en lugar de guardar ese sentimiento causado por las heridas que te produjo el actuar de alguien importante para ti, lo expreses, lo analices, lo reubiques y puedas canalizar, con la persona adecuada que sabrá oír y aconsejar apropiadamente.

Cuando hacemos uso de nuestra inteligencia emocional aprendemos a canalizar nuestro sentir, a dar importancia o a descartar aquellas manifestaciones o expresiones de sentimientos de las personas que me rodean. El ubicar en orden de importancia afectiva a las personas que nos rodean nos ayudará a ubicar de la misma manera lo que pueden decir o hacer; y si en algún momento y por algún motivo nos lastiman con algún comentario o actúan de tal manera que sentimos que han herido profundamente nuestro sentir, es cuando debemos pensar cuán importantes son en nuestra vida; si los ubico como muy cercanos a mí o, por el contrario, son personas que nunca aportaron a mi tranquilidad y que, por lo tanto, debemos aprender a “descartar” sus opiniones.

Cuando no perdonamos nos encontramos presos del dolor que nos causó en su momento el hecho, no perdonar es aferrarte al dolor a tenerlo a flor de piel, sangrando cada vez que lo recuerdas. Pregúntate: ¿si ya fui dañado en una oportunidad es válido que sea yo mismo quien al recordar lo sucedido vuelva a lastimarme? ¿Esta persona que me ofendió, cuán importante es o fue en mi vida? Si me causó tanto daño, ya no es valiosa para mí, por lo tanto, la alejo de mi círculo de afectos y pasa a ser una persona más.

El perdón te ayuda a tener nuevamente el control y el poder de conducir tu vida por una ruta de paz y de productividad, sin entorpecer tus días con recuerdos de ofensa y envejeciendo en la ilusión de vivir mejor. El perdón te ubica nuevamente en el presente y te ayuda a salir del pasado. No seas tú el causante de otro dolor, te toca vivir mejor. El perdón es para ti no para los demás. Suerte y un gran abrazo.

AUTOR: YOLANDA MENÉNDEZ

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HAMLET TIENE FACEBOOK

Admirable, misteriosa, existencialista, filosófica, sicoanalítica… ¡una obra maestra! Hamlet, de William Shakespeare, nos sumerge en los miedos y las dudas más profundas del ser humano; dudas que van más allá del ser o no ser. Sí, esa es la cuestión a la que constantemente nos enfrentamos, nosotros, los Hamlet del siglo XXI.

Y es que en estas épocas donde la información se mueve a ritmo de reguetón, tener o no tener Facebook, Hi5 o Twitter puede suponernos una crisis social y de identidad, sin sumar los problemas legales, acosamientos, ofensas y chismorreo. Hoy más que nunca, saber quiénes somos y hacia dónde vamos se ha convertido en un imperativo que involucra a todas las estructuras sociales. En este escrito deseo ofrecer algunas reflexiones  de cómo afectan las redes sociales en el conocimiento de nosotros mismos: ¿ayudará el Facebook a saber quiénes somos?

¿Existir o no existir?

Así, pues, la persona de hoy –especialmente los adolescentes–, no solo debe preocuparse por construir una personalidad más o menos fija y una reputación respetable, que “no dé qué decir”, sino también, debe agobiarse en encrucijadas como qué fotos publicar, quiénes pueden escribirnos, quiénes pueden ser mis amigos, qué videos colocar… Y ni qué decir si un “amigo” no acepta tu invitación: ¡un mar de preocupaciones en el que pocos saben nadar!

¿Para evitar problemas es de sabios no estar en el Facebook o en alguna otra red social? En pleno siglo XXI, yo no creo que esa sea la mejor solución. De un tiempo a esta parte, nos vemos obligados a preguntarnos: ¿existir o no existir en la red social? Es decir, –como si la crisis de la posmodernidad no fuera suficiente–, frente a la “persona real”, hemos de saber crear y mantener  “la persona virtual”. ¿O es que nunca fuimos reales? Vamos, que Hamlet y Don Quijote tendrían muy buenos motivos para volverse locos.

Me gusta / Ya no me gusta

Para soluciones, las fáciles. Seguramente nos agrada encontrar el mensaje de que a alguien “le gusta” nuestra publicación, ya sea foto, comentario, poema, video, etc. Incluimos a muchos candidatos que se han ciberpolitizado (perdonen el neologismo). Y, probablemente, nuestra estima personal se fortalezca. Tal como van las cosas, no sería raro encontrar algunas ciberpsicosis (Otra vez, disculpen el neologismo). ¿No se han puesto a pensar acerca de aquella persona que tiene más de dos mil “amigos”?, ¿no se han preocupado al saber que su “amigo” los eliminó de su red de contactos? Y aquí otra interrogante más: ¿han notado cuánto ha cambiado el significado de la palabra ‘amigo’?

Está claro que nos interesa que nos conozcan, que nos tomen en cuenta, saber qué piensan los demás de nosotros, quién visitó nuestro perfil y, a la vez, saber de los demás, opinar, tener un millón de amigos, hacerse fan, etc. En palabras de Ortega y Gasset: “Yo soy yo y mis circunstancias”. Es decir, las preocupaciones de siempre con un nuevo rostro. En este sentido, considero que las redes sociales poseen un enorme potencial educativo y existencial –por decir menos–, puesto que permiten volver nuestra atención hacia las grandes preguntas: ¿quiénes somos?, ¿hacia dónde vamos?, ¿qué sentido tiene nuestra vida? Pero, mal llevadas, las redes también pueden convertirse en un laberinto sin salida (recuerden, por ejemplo, los múltiples casos de usuarios que publicaban sus intentos de suicidio).

Hamlet tiene Facebook

Y es verdad. Un examen superficial nos revelará que Hamlet, César Vallejo, Quevedo y mil personajes -y no tan personajes- tienen Facebook, Hi5, Twitter, etc. La moda es estar en alguna red social. O sea, si nuestro amigo Hamlet se pregunta ¿ser o no ser?, podríamos responderle: Si estás en la red, ERES; si no estás en la red; NO ERES. Pero, ¿en qué medida?, ¿somos lo que somos en internet?, ¿nuestra vida virtual afecta nuestra vida real?, ¿nuestros amigos en la red son verdaderos amigos?, ¿usando las redes sociales nos hacemos mejores personas…?

Es verdad que podemos “conocernos” y “conocer” a las personas usando los instrumentos del internet, pero también es verdad que ese “conocimiento” nunca reemplazará el trato directo con nuestro prójimo y con nuestra conciencia. Debemos procurar ser nosotros mismos y, al mismo tiempo, educarnos para ser siempre mejores, para servir y darnos a los demás. En nuestra era, la tecnología nos ha facilitado algunos aspectos de la vida y ha complicado algunos otros. Al igual que el personaje de Shakespeare, sentémonos y meditemos, pues la gran pregunta siempre estará ahí (con Facebook o sin él): ¿Ser o no ser? ¡He ahí el dilema!

Autor: NAZARETH SOLIS MENDOZA

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LA VERDADERA PROSPERIDAD

Si alguien nos preguntara qué significa ser próspero es probable que venga a  nuestra mente el tener un buen puesto de trabajo, una profesión bien remunerada y gozar de muchos bienes. Esto, como consecuencia de lo que nuestra familia, los medios de comunicación y la sociedad nos han inculcado, reduciendo el significado de la verdadera prosperidad a una visión netamente material.

Lamentablemente, esta forma de pensar sólo nos conducirá a estar insatisfechos y vacíos interiormente, buscando compensar aquellas carencias de manera errónea y desmesurada. Ya que la prosperidad no se mide por cuánto dinero ganamos o tenemos para gastar, la profesión que hemos podido alcanzar o cuántos bienes hemos podido acumular.

La verdadera prosperidad es más bien un sentimiento(*) personal e individual de plenitud, que va más allá de los placeres fugaces que hayamos podido conseguir.

Este sentimiento es el resultado de conocer exactamente dónde estamos, qué sabemos hacer y cuánto ganamos con ello, además de cuánto bien podemos hacer a los demás, cuánto tiempo dedicamos a nuestra familia y a nuestros seres queridos, a nuestras amistades y a nosotros mismos, para reflexionar, para cultivar y fortalecer nuestra espiritualidad, sin tratar de imitar estereotipos y modelos equivocados que no hacen más que confundir nuestras aspiraciones.

Sin embargo, cabe aclarar que estudiar, ser profesional y trabajar, no tiene nada de malo, al contrario es algo positivo y loable ya que éstas son las herramientas que nos ayudarán a forjarnos como personas, a desempeñarnos en la sociedad y a saber buscar nuestro bienestar, un bienestar que debe estar siempre orientado a aquello que nos permita crecer humanamente, que nos haga bien, tanto para el cuerpo como para el alma. Ya que, como dice el evangelio: “¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?; ¿De dónde sacará con qué rescatar su propia persona?” (Mt 16, 26).

Por ello no descuidemos ni restemos importancia a ningún aspecto de nuestra vida, démosle el tiempo y el valor necesario a cada uno, buscando siempre un equilibrio entre lo físico, lo material y lo espiritual. De esta manera podremos sentirnos plenos y contentos con nosotros mismos, llegando a decir convencidos: ¡YO SOY VERDADERAMENTE PROSPERO!

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(*)Sentimiento: disposición  mental y emocional que una persona tiene  hacia  sí misma, un hecho, una cosa u otra persona.

Autor: YASSER ARAMBULO ABAD

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AGRADECER A TIEMPO

Momento de desesperación.  La abuela llevaba más de cuatro horas en quirófano. Los hijos no aguantaban la angustia y los nietos no hicieron otra cosa que no sea rezar: rezar como les enseñó la abuela.

A sus 80 años es fuerte como un roble, y el destino no ha logrado doblegarla aún. Su vida transcurrió entre el trabajo y sus hijos. A cierta edad, como muchas otras abuelas, se dedicó a cuidar de sus nietos mientras sus hijos trabajaban.

¿Cuántos hemos sido criados por nuestras abuelas? Muchos recordarán a aquella mamá grande a la que tuvimos que obedecer cuando nuestros padres no estaban, la que presurosa nos calentaba la comida al llegar del colegio, la que nos hacía bañar temprano y hacer las tareas mientras ella miraba entretenida la novela de moda.

La mujer que más nos quiere, después de nuestras madres, es la abuela. Esa señora consentidora y de buena sazón, en ocasiones, aún mejor que el de tu propia madre. Mi abuela nunca se hizo a un costado, nunca fue ese mueble más en casa, como algunos consideran a los ancianos; mi abuela estuvo allí, con un regaño, una caricia, un postre y hoy, cuando ella lo necesita, todos sus nietos estamos prodigando el amor que ella siempre nos demostró, encomendándosela a Dios como ella nos enseñó a hacerlo cada día.

A medida que el tiempo transcurre y vamos disfrutando de tantos acontecimientos a lo largo de nuestra vida familiar, no caemos en cuenta de la rapidez con la que pasa el tiempo y de cómo nuestros seres queridos van envejeciendo. Es así como esta etapa nos encuentra desprevenidos, y solo hay que saber cómo tratarlos, cómo atenderlos.

La ancianidad es una etapa de nuestra vida a la que todos deberíamos tener derecho de disfrutar con salud, tranquilidad y paz. ¿Pero, cuán preparados estamos para cuidar de nuestros padres, de nuestros abuelos y bisabuelos? ¿Y qué estamos haciendo para enfrentar nuestra propia vejez?

La sociedad está viviendo un desconcierto ante el fenómeno de la vejez: los jóvenes y adultos se han encargado de excluir a los ancianos y, lamentablemente, en algunos casos, ellos mismos se muestran dispuestos a hacerse a un lado, al de los menos activos.  ¿Acaso pensamos que nunca llegaremos a esa edad? La juventud no es eterna y, si bien es cierto, a una determinada edad no se tiene el mismo desenvolvimiento en las actividades diarias, eso no excluye que dejen de realizarse.

Mientras continuamos con nuestras vidas, debemos asegurarnos que nuestros abuelos están, al igual que nosotros, disfrutando los mejores años de su vida. Cuidemos de ellos, esforcémonos por recompensar todos esos años que ellos, sin pedir nada a cambio, han dedicado a cuidar de nosotros.

La última etapa de la vida puede llegar a ser muy dura para muchos, pero depende de nosotros, los hijos, los nietos, convertirla en una etapa para seguir disfrutando de la vida, una etapa con la misma o mayor alegría que las otras.|

No cabe duda que los valores afectivos, morales y religiosos que cada uno de nosotros llevamos son un legado que viene de nuestros abuelos, gracias a ellos muchos de nosotros sabemos el significado de una oración, ellos que nos ayudaron a crecer -y a creer-, merecen recibir todos nuestros cuidados ahora cuando lo necesitan.

Debemos saber ser agradecidos como nos lo enseñaron los más grandes y corresponder a todas las atenciones que nos brindaron ahora que aún estamos a tiempo, no esperemos a que sea tarde.

Autor: Carmen Olivos Tinedo.

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VIVE LO QUE ENSEÑAS

Cuentan que en cierta ocasión, llegó un misionero a un pueblo indígena. Los habitantes del pueblo recibieron al misionero con grandes atenciones y se dispusieron a escucharlo. -Vengo a traerles una buena nueva, la noticia de un Dios Padre, que nos quiere a todos y desea que vivamos como auténticos hermanos, amándonos, comprendiéndonos, sirviéndonos y ayudándonos unos a otros. ¿Van a aceptar la noticia que les traigo y a recibir en sus corazones a ese Dios Padre que nos ama a todos como verdaderos hijos? Calló el misionero y los indígenas permanecían en silencio. -¿Lo aceptan o no lo aceptan?-, insistió desconcertado el misionero. Al rato se alzó serena la voz del cacique diciendo: -Quédate a vivir con nosotros un tiempo y si en verdad vives lo que quieres enseñarnos, entonces volveremos a escucharte… ¡Qué metáfora tan contundente! Deja claro lo importante que es el ejemplo de vida en todas nuestras actitudes diarias. Nadie puede creer ni confiar en alguien que no predica con el ejemplo y sobretodo que no es consecuente con su educación, su forma de pensar, actuar, hablar; de expresarse, mirar, vestirse y comportarse en todo momento de su existencia. Lo ceremonioso, formal u obligado se percibe, se huele, cae en la ridiculez de lo forzado y estudiado. Las actitudes naturales con conocimiento se perciben como una filosofía de vida, una actitud habitual sin esfuerzos ni huachaferías, sino simplemente realizadas con confianza y seguridad. Son actitudes que se manifiestan en los otros con respeto y consideración, que son los dos grandes pilares que sustentan y refuerzan la etiqueta para considerar a los hombres que la practican como “caballeros” y a los que no lo hacen como “patanes.” Esa es la gran diferencia, no hay término medio. Dar el ejemplo es muy importante; una persona no puede esperar de los demás aquello que no está dispuesta a esperar de sí misma. Se dice que “nadie puede dar hacia afuera, lo que no tiene adentro”. ¿Es fácil ser consecuente? ¡Mentira, es terriblemente difícil serlo y, además, parecerlo! Es sacar fuerza de voluntad desde lo más recóndito del alma; es vivir con tesón y perseverancia para no defraudarse a sí mismo primero; es cumplir con tu propia tabla de valores; es observar muy bien lo que hace tu mano derecha para no malograrla con la izquierda. Es reconocer que cada quien es único e irrepetible, que la misión de cada persona es diferente y saber aceptarlo es respetar y alegrarse con el éxito ajeno; es no envidiar a otros por lo que tienen, hacen o dicen. Es tener agallas para decir NO, aún cuando reconoce que puede perder. Es no recibir coimas sabiendo que otros lo practican como un deporte; es alejarse de lo podrido, de lo putrefacto y mal oliente, y aprender a no pisar el palito que otros te ponen para que tropieces y caigas. Después de tanto ajetreo, cuando llega la noche y apoyas la cabeza en la almohada y puedes dormir pausado y tranquilamente, sin cargos de conciencia ni remordimientos, nada ni nadie puede ser tan feliz como tu Ángel de la Guarda, que revoloteará alegre, sabiendo que tú vives con “alegría en el corazón”, como diría mi nieta Isabella…

Autor: FRIEDA HOLLER F.

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