SIN ESPERANZA NO HAY COMIDA

Por estos tiempos, la gente siempre quiere darle un nombre a la esperanza. Algunos, los más letrados, la denominan como “condonar las deudas a los países del tercer mundo”, y otros la llaman “aporte económico para los indigentes”.

Las grandes empresas centran su esperanza en vender todos sus productos; los políticos, en subir su popularidad, pero esa gran mayoría de gente –los ciudadanos de a pie-, que día a día trabaja y se preocupa por llevar el alimento a sus hijos seguramente que sigue igual de presionada. Esta vez yo también le quiero dar un nuevo nombre a la esperanza, por no decir, integrar un nombre a otro. Esta vez yo quiero llamar a la esperanza por amor.

De pequeño mi abuela materna me contaba que en el pueblo donde conoció a mi abuelo muchas damas se acercaban a éste para enamorarlo. ¡De veras! No porque era guapo –bueno, también lo era-, sino porque era muy caballero, y, según ella, derretía con su trato.

Un buen día, mi abuela Lucila y mi abuelo Francisco se casaron. Antes de asentarse en Sullana vivieron en muchos pueblos como Marcavelica y Querecotillo. Sufrieron muchos percances, como robos y sequías. Ellos cultivaban frutas y algunas hortalizas. Pero mi abuela siempre me contaba que, en las adversidades, o cuando ella veía perdida alguna cosecha, Francisco siempre le increpaba: “No te desanimes, chola, que si no hay esperanza no hay comida”.

No quisiera dejar de mencionar, antes de comentar la frase anterior, que mis abuelos tuvieron siete hijos (aunque dos de ellos murieron desde niños) y que siempre trataron de darles lo mejor.

“Si no hay esperanza no hay comida”. A veces hay cuestiones que son tan obvias en esta vida que las entendemos sin pensar, que no tenemos cómo explicarlas de otra manera que no sea con las mismas palabras de siempre, como esta frase. Escucha tu corazón, amable lector, es Él quien te habla. Sin esperanza simplemente no podrías conseguir… ni la nada. Porque conseguir nada ya es conseguir algo.

Tenemos pregrabado en nuestro subconsciente muchos prejuicios muy dañinos. Algunos se quitan la vida, prácticamente, por haberse desanimado por tonterías, como cuando un joven termina con su enamorada, o cuando no sale lo que se planeó, y hasta cuando tenemos tanto trabajo, que pensamos que nunca lo vamos a acabar. Nos desesperamos y sólo logramos enfermarnos.

No sabemos cuán delicioso puede ser una pica de esperanza en lo que hacemos, en lo que damos y en lo que recibimos. Y nos dejamos matar. No le encontramos un sabor a nuestra existencia y nos deprimimos, y lloramos, y nos encerramos en la habitación de nuestra soledad a renegar de la vida y de que Dios no nos ayuda. Lo que no sabemos –parafraseando el dicho de mi fallecido abuelo-, es que hay mucha “comida”, descubriendo la esperanza. Sobreviviremos en cualquier bosque oscuro de problemas con ella. Tendremos agua, frutas y hortalizas, y una que otra gallina para alimentarnos al día siguiente.

Con la esperanza hay alimento, hay vida y hay felicidad. Si no nunca le hubiera creído a las palabras de mi abuelo, cuando él también me lo decía, y nunca hubiera creído importante citarlo, como a un gran filósofo, y compartir con usted, amable lector, si sus palabras no se fundaran en el gran amor que le tenía a mi abuela.

Sí. Llénate de amor y animarás a otros a ver la vida con optimismo, con esa esperanza blanca, o verde, que sólo los fuertes de corazón tienen para dar. Creamos en el amor también y habrá siempre esperanza. Y aunque no son meros sinónimos, amor y esperanza son verdades complementarias.

Por lo anterior, no quiero proclamar una nueva verdad, sólo quiero recordarla. Y termino diciendo, otra vez, que, como dijo mi abuelo: “Sin esperanza no hay comida”; y, al menos, literalmente él tenía razón: si no hay comida no hay vida. Así que sin esperanza no hay vida.

Autor: ERICSON CARDOZA A.

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