EL VALOR DE LA CULTURA CON RELACIÓN A LOS MASS MEDIA – Ensayo

Me declaro fanático y seguidor de Soda Stereo, uno de los grupos más famosos e influyentes del rock en español, a nivel internacional. Leo sobre ellos; compré todos sus conciertos y producciones originales (aunque, al inicio, tuve que agenciarme de los tracks de su música, que descargué del Internet, de forma pirata), y sé la mayor parte de la historia de los 14 discos que produjeron como banda. De vez en cuando, los fines de semana me reúno con dos de mis amigos, fanáticos también, y con mi novia, solo y exclusivamente para ver sus conciertos en pantalla gigante, por supuesto, con los discos que tengo.

La música de Soda Stereo se adelantó a su época. La crítica internacional es variadísima. Ahora que el líder y vocalista de la banda, Gustavo Cerati, se encuentra en estado vegetal en un hospital de Buenos Aires, en Argentina, Soda sigue viva, y, al parecer, está más vigente que nunca. En las redes sociales del Internet se habla de Soda. Se le recuerda, y se le rinde homenaje a sus integrantes y a su vocalista postrado en una cama, desde hace cuatro años, producto de un aneurisma cerebral.

Sin embargo, ser un seguidor de uno de los grupos más grandes de la historia del rock en general (Charly Alberty, uno de los Soda, es uno de los mejores bateristas a nivel mundial; y Zeta Bossio es  bajista, y han sido innumerables las bandas que lo han convocado a tocar), significa sumergirse en un espacio cultural especial, con un ecosistema cultural propio, y con códigos culturales propios.

Ser un “sodero” significa haber leído la historia del grupo, la historia de sus canciones; haber leído sobre el por qué del nombre y por qué decidieron separarse, en un momento determinado. Significa analizar cada pieza musical viendo un concierto de ellos, en función a los acordes de la guitarra, o a ese efecto musical que tiene la canción, del que no cualquiera se ha dado cuenta. Porque el resto de seres humanos sólo han escuchado “Persiana Americana”.

En fin, habemos muchos seguidores, tanto de Soda como de Gustavo, que institucionalizamos nuestros conocimientos sobre la banda, a través del término “Cultura Soda”, o “Cultura Cerati”.

El término “cultura” significa “cultivo” o “crianza”. Cultivar, en este caso, alude a seleccionar el “conjunto de conocimientos que permite a alguien desarrollar su juicio crítico”, según la Real Academia Española: “Conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social, etc.”. Tengo que advertir aquí al lector, que desde ahora empezamos a hablar desde el punto de vista de un consumidor de contenidos culturales.

Así como en la música de Soda Stereo, en la música en general, en la literatura, el teatro, el cine, el arte, la pintura, la escultura, y demás manifestaciones culturales, tanto los productores como los consumidores de estas manifestaciones culturales, dentro del marco de la industria cultural, nos hemos auto encasillado, y, “especializado”, en determinados conocimientos, denominándose así, por ejemplo, “la cultura Soda”, “la cultura literaria”, “la cultura teatral”, “la cultura artística”, “la cultura del rock”, etc., etc., al conjunto y cultivo de conocimientos y grados de desarrollo al respecto, de cada una de estas realidades.

Es decir, ya no existe una cultura general como tal, sino que hay determinados conocimientos culturales, que han segmentado la realidad; conocimientos atomizados y distinguidos por tipos de saberes, determinados por los valores que cada disciplina cultural tiene como propios. El ilustrado contemporáneo en arte moderno ha investigado y leído más libros sobre el dadaísmo, el surrealismo o sobre la psicodelia o el pop art, que su merced, o que el autor de este ensayo. En ese sentido, se convierte en un especialista o maestro en dicha materia. Pero esta misma persona instruida para conversar y criticar una obra de arte moderno en alguna exposición en New York o París, no podría hablar con soltura, o, al menos, con certeza, de la historia del rock en Argentina, y de la influencia de Pink Floyd en los acordes de guitarra de algunas piezas musicales de Soda Stereo.

Es así que la atomización cultural es la que se refleja en los saberes y dictámenes de la nueva industria cultural. Y es esta industria de la cultura la que, junto a los medios de comunicación (los  mass media), ha hecho que se transmitan y se segmenten las ideas y opiniones sobre determinadas realidades del mundo en el que vivimos.

La televisión, la radio y la prensa, en su condición de medios tradicionales, han ido creando la necesidad de forjar las nuevas especializaciones necesarias para entender el mundo contemporáneo, tugurizado de información, información que es cada vez más difícil de conocer a profundidad, por el fenómeno de desactualización y los límites que ésta impone a la vigencia de aquellos conocimientos.

Aquí, para concretar la idea anterior, recordemos que antaño, en la época de Platón, Aristóteles y Sócrates, los maestros y sabios como ellos eran los que dominaban los conocimientos globales sobre las artes, letras y ciencias. Y las personas ilustradas no sólo lo eran en el ámbito de una materia en especial, sino en la mayor parte de los saberes del universo: matemática, lenguaje, botánica, literatura, astronomía, etc. Así era la cultura. El significado de la cultura se magnificaba mientras más era la información que poseía una persona. Hoy, la especialidad por una determinada realidad del mundo basta para valorar y darle significado a “lo cultural”.

En este sentido, como ya habíamos apuntado líneas arriba, los mass media han jugado un papel importante en la revaloración de lo cultural. Con el apogeo del Internet y las nuevas tecnologías, la cantidad de información que cada ser humano en el planeta tendría que aprender y conocer para ser como antaño, para ser un hombre culto, se vuelve no aprehensible. Debemos sumar a esto la rapidez con que la información se actualiza, lo que devendría en una constante aprehensión de esos mismos conocimientos, pero modificados, o alterados.

Y decimos que los mass media tienen injerencia en el replanteamiento contemporáneo de lo cultural porque ha sido la paupérrima valoración que cada medio tradicional, prensa, radio y televisión, le ha venido dando a la realidad, que, en muchos países del mundo (por no decir, en todos), desde su aparición, los contenidos mediáticos ofrecidos a las grandes audiencias se han banalizado producto, justamente, de la pérdida del significado propio de lo cultural.

En seguida, hagámonos algunas preguntas: ¿Por qué para algunos sigue siendo un deleite releer “Madame Bovary”, una obra del arte literario que data de 1856, cuando se comenzó a publicar por partes? ¿Por qué, para otros, la emblemática obra de Víctor Hugo, “Los Miserables”, sigue vigente y por ello se vuelve a leer y releer desde que se publicó en 1862? ¿Qué diferencia a dichas obras literarias de los llamados “bet sellers” contemporáneos? ¿Por qué, a los cinéfilos, y a la gente que gusta del buen cine, le sigue gustando ver, por tres horas, el largometraje “Ben Hur”, o, en cualquier momento del año, desempolvar el DVD de “Casablanca”?

Curiosamente, la nueva industria cultural afianzada y patrocinada por los mass media, resuelve crear estos bet sellers, y vender libros cuya vigencia no es más que el tiempo que permanecen en las estanterías de las librerías, o promocionar unas películas cuya actualidad se reduce al tiempo que aparece el nombre de éstas en las carteleras de los cines. En este sentido, me pregunté por qué los productos de la nueva industria cultural tienen contenidos que van a perder vigencia después de un tiempo; que son superficiales y volátiles; que dentro de unos meses estarán aplastados por otros productos más “entretenidos”, y pasados al olvido.

La respuesta la podemos encontrar en esta última palabra que puse entre comillas. Actualmente, el entretenimiento ha pasado a ser una característica clave de los contenidos de los mass media en particular, y de la industria cultural en general. Digamos que ya no se trata de aprehender conocimientos; todos los que podamos, y, así, ser “sabios”, o personas doctas a quienes nos pueden hacer consultas sobre cualquier materia o realidad del mundo. No.

Digamos también, que para los que vivieron hace más dos siglos todavía concebían a la cultura como un vademécum de saberes y conocimientos amplios y generales (generales, sin necesidad de ser superficiales); saberes vinculados a los grandes autores y maestros de las artes y letras de antaño, y con cuya información se creaba un nuevo contenido o producto cultural, pero para ser aprovechado a lo largo del tiempo; para perdurar en el tiempo.

Hoy, con el fenómeno de la convergencia de medios, éstos se han vuelto fugaces. El Internet es fugaz y atemporal (en el marco de sus funcionalidades tecnológicas: si no pudiste ver el partido de fútbol, búscalo en YouTube que ha de estar colgado. Porque ahora existen los discos duros, que lo graban todo. Y lo ves). Pero hace dos siglos, cuando no existía un dispositivo donde se almacenaba un libro para que otro lo lea cuando lo requiera, se escribía para perdurar en el tiempo, para que las siguientes generaciones conozcan su pasado a través de las historias y de la Historia Universal.

Los autores escribían, a mano, pensando no sólo en sus contemporáneos, sino en las generaciones que vendrían luego. Quizá también lo hicieron porque, como hombres que eran, querían inmortalizar su obra en vida para que conozcan de ellos por siempre. Pero justamente el afán de inmortalizar los conocimientos hizo que los contenidos culturales sean de calidad, tanto en el plano educativo como en el plano propio de lo cultural.

Sin embargo, el entretenimiento como cultura es la situación que predomina en la actualidad, y que se define a través del contenido cultural mediático. Así, aparece, por ejemplo, en Perú, la cultura “Chicha”, aquella parte de la realidad en la que podemos agrupar a los conocimientos y saberes de los migrantes llegados a Lima, la capital del Perú, allá por los años treinta del siglo pasado, provenientes de las zonas del campo y la sierra peruana, buscando una mejor calidad de vida y un mejor futuro para sus hijos; y que ahora se han asentado y han logrado calar su lugar entre los limeños.

Fueron, pues, esas personas las que desde entonces profesan la llamada cultura “chicha”, representada, en su mayoría, con íconos del ámbito musical, (la cumbia, el huayno), así como con las tradiciones propias de los lugares de proveniencia (fiestas religiosas, gastronomía, etc.). El famoso cantante de música “Chacalón” es uno de estos íconos culturales representativos de la cultura chicha, por ejemplo. Incluso, podríamos deducir más y más culturas a partir de lo “chicha”, como por ejemplo, lo que se denomina la “música chicha”.

Así, en la capital peruana, con este fenómeno de lo chicha, aparecen los medios como entes de distracción a un público que tiene que trabajar, que sufrir para encontrar el sustento diario. Aparecen las radios chicha, que difunden, las 24 horas del día, el contenido cultural correspondiente a este grupo de personas cuyas necesidades socioeconómicas eran distintas a las de cualquier limeño promedio de la época.

En la televisión, aparece, por ejemplo, el recordado “Trampolín a la Fama”, en los años sesenta (1966 para ser más exactos), en cuyos sets se personificaban cada sábado, de forma teatral incluso, la convergencia de inmigrantes de otras partes del Perú, con los pobladores de la costa limeña: Violeta Ferreyros, representando al limeño astuto y refinado; el famoso “Tribilín” y Leonidas Carbajal, como los pícaros provincianos.

Todos estos programas de entretenimiento calaron en el público de aquella época. Porque el público buscaba que luego de cada semana de trabajo arduo, de amanecidas y problemas económicos, haya un buen motivo para reír: hasta que, curiosamente, su presentador, Augusto Ferrando, gritó: “¡Un comercial, y no regreso!”. Y ahora ese programa sólo es un recuerdo.

Así también, en otras latitudes comenzaron a aparecer contenidos mediáticos para el entretenimiento. Un tal Mario Luis Kreutzberger Blumenfeld, mejor recordado como “Don Francisco”, apareció con un programa concurso de televisión llamado “Sábados Gigantes” (sí, en plural; así se llamó al comienzo), allá por el año 1962, en Chile. Y así podríamos citar a muchos otros casos donde va a predominar el sentido del entretenimiento como contenido producido por los mass media.

Esto es a lo que Mario Vargas Llosa ha denominado “La Civilización del Espectáculo”. La cultura ya no es percibida, por parte de los mass media, como un conjunto pleno de conocimientos educativos o de desarrollo social, sino como partes independientes de lo que un día fue un todo común, donde predominó la investigación y la educación como elementos para la construcción de una mejor sociedad.

Tal vez estoy satanizando a los medios de comunicación. Sin embargo, como advertí al inicio, estoy analizando este escenario desde la perspectiva del consumidor de medios. En ese sentido, coincido con las ideas que, al respecto, desarrolla el nobel, escritor también de “La Ciudad y los Perros”, quien, al parecer, desvirtúa en su mayoría, a los medios y argumenta que cada día se retrocede más, volviendo los temas de la moral, la intimidad y las buenas costumbres unas ideas anticuadas y no vigentes, ideas que ya no caben en estos nuevos tiempos, especialmente con el “boom de la libertad sexual”.

Así, tenemos que la formación de la persona humana se define principalmente en el medio familiar. Es en la familia donde se da el detonante de la educación en valores y en virtudes, en buenos hábitos, en principios morales y hasta en ideas religiosas, políticas y económicas. El ingreso de la industria cultural y los mass media en la vida familiar aportó un nuevo marco cultural a los padres, hijos y demás integrantes.

Ahora los medios enmarcan estilos de vida distintos a la sociedad; crean necesidades inimaginables en otros tiempos, con lo que conducen a la “cultura de consumo”, la que dictamina que tienes que comprar el nuevo artefacto tecnológico para tu casa, pues, sino, mamá tendrá vergüenza de poner la plancha en el calentador de la cocina, porque a la vecina el esposo le compró una plancha a vapor.

Son los medios los creadores de una infra valoración a lo que antaño se denominaba cultura y de la importancia de la familia en la crianza de los hijos, por ejemplo. Incluso se llega a afirmar que la autoridad del padre en el hogar ha sido sustituida por el “papá-televisión”, y la autoridad de la madre, por la “mamá-Internet” (esto último lo pude experimentar hace poco, un sábado, en casa de un amigo, cuando su esposa, una mujer joven, le pedía desesperada que “por favor” (a su hijo de 6 años), deje de ver “esos dibujos” del YouTube en Internet, porque se hacía tarde para ir a comprar para el almuerzo de la semana. Inadmisible para mí.).

Para terminar, no voy a negar que Soda Stereo es parte también de esta industria cultural. Si no hubiera sido por un grande de esta industria, la Sony Music, a Soda no lo hubiera conocido nadie. Sin embargo, me gusta la banda por sus canciones, y porque pienso que no las hizo pensando en el momento de fama que iban a pasar, o en las cámaras. Soda Stereo se adelantó a su época. Basta recorrer su discografía para sumergirse no solo en excelente rock, sino en otros géneros como el pop y la fusión de géneros experimentales nuevos (para la época), como el  rock progresivo, el neo psicodelia, el britpop, el shoegazing, y el rock alternativo.

En líneas generales, no es gratuito que a Soda se le considere una de las bandas más influyentes e importante de todos los tiempos, porque es la excepción de la regla: existe una cultura Soda, que influye en la música de Latinoamérica y del mundo de habla hispana. Así como siguen vigentes los Rollings Stones, tan vigentes como “De música ligera”, el single más conocido de los Soda, en todo el planeta.

Autor: ERICSON J. CARDOZA

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